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PROCLAMAR LA PALABRA DE DIOS

Lectores

Este ministerio tiene su origen en Cristo, y debe ser interpretado a la luz de su espíritu de servicio: en la sinagoga de Nazareth "se puso de pie para hacer la lectura", leyendo y comentando después un pasaje del profeta Isaías (Lc 4,16ss).

La lectura de la Palabra de Dios en la celebración es un acto litúrgico, centro de la liturgia de la Palabra, fuente de múltiples tesoros, sostén de la celebración (OLM2 3).

Para realizar mejor sus funciones, debe empaparse de "aquel amor suave y vivo hacia la Sagrada Escritura" que es característico de la liturgia (SC 24).
 

Quienes tengan interés en proclamar la Palabra de Dios en las celebraciones según el espíritu de la Iglesia, deben procurar ir adquiriendo algunas cualidades espirituales y técnicas.

Para ser un buen Lector es necesario ir desarrollando:

  • La actitud de servicio a Dios y a la comunidad en la liturgia.
  • La comprensión de la oración litúrgica.
  • Aceptar que se realice en la propia vida lo que se proclama y celebra.
  • La valoración de los gestos y de la expresión.


Para adquirir una buena aptitud para proclamar es necesario:

  • Meditar el texto antes de proclamarlo; encontrar el sentido de cada frase.
    (Para ello las lecturas deben ser asignadas con anticipación).
    Es recomendable participar en la preparación de la celebración.
  • Interesarse en el autor del libro y en la época en que fue escrito, a quiénes está dirigido, su género (relato histórico, exhortación, profecía, poema...).
  • Leer pausadamente, no ir apurándose a medida que se avanza. Casi todos los lectores leen demasiado rápido sin notarlo.
  • Pronunciar claramente, pero sin exagerar, las palabras completas (sin comerse las "s").
  • Leer suficientemente fuerte como para que los más alejados puedan oír claramente
    (leer como dirigiéndose especialmente a ellos), pero sin gritar.
  • Hablar con un tono un poco más agudo que en una conversación normal.
    (Cada persona tiene un tono de voz en el que es más fácil y más cómodo escucharla).
  • Hacer pausas en los lugares más convenientes y acentuar las palabras más importantes para que el sentido de las frases se entienda mejor.
  • Si en el texto hay alguna palabra desconocida, averiguar su significado antes proclamarlo.
    (Si el lector no entiende el significado correcto de una frase, ¿qué se puede esperar de los que escuchan?).
  • Leer con las manos en los bolsillos o mal parado, es una falta de respeto a la Palabra de Dios y a la asamblea.
  • El lector debe leer de tal manera que haga evidente a quienes lo escuchan que está diciendo palabras de Otro, no propias.
  • Si se usa micrófono, es necesario pronunciar un poco más lento, para que cada sonido llegue a los oyentes recién cuando se haya desvanecido el anterior.
    Además, buscar la distancia al micrófono más adecuada de acuerdo a la resonancia de la sala. Es imprescindible hacer antes una prueba.
    Un texto mal leído con micrófono se entiende menos que si fuera dicho a viva voz.
  • El ambón debe estar en un lugar destacado, bien iluminado y visible para todos.
    Sólo debe ser usado para proclamar la Palabra de Dios (y a lo sumo también la homilía o la oración de los fieles).
    El Leccionario debe ser tratado con respeto, pues representa a Cristo, Palabra de Dios.

La mayoría de nosotros puede ser un buen lector si decide desarrollar los dones que Dios le dio.

 

LA ANIMACIÓN DE LA CELEBRACIÓN

El guía o comentador

 

Su función es animar, dar las introducciones, explicaciones y avisos, para introducir a los fieles en la celebración y disponerlos a vivirla y entenderla mejor.

Las moniciones pueden ser:

  • explicaciones de lo que ocurrirá, ambientar una lectura, aproximar un signo...
  • exhortaciones que orienten hacia una actitud (de escucha, acción de gracias...)
  • indicaciones prácticas: posturas, gestos, cantos (y página)...

Cualidades de las buenas moniciones:

+ breves (si no en vez de ayudar y crear ambiente, agotan y aturden).
+ sencillas: no querer abarcar todo; usar frases cortas.
+ discretas: no exagerar el número, la longitud, ni repetir las recomendaciones.
+ fieles al texto, sin manipular su interpretación.
+ preparadas por escrito (junto con el sacerdote y el equipo de liturgia).
No hay que intentar explicar acabadamente los signos, ni hacer una catequesis.
No hacerlas en forma de "oración" o "plegaria".
No indicar una postura que ya todos están tomando, ni contar lo que todos están viendo.
Las moniciones que ofrecen los libros son sólo sugerencias: deben ser adaptadas.
 

Cómo decir las moniciones en la celebración:

Que las diga una misma persona (un solo guía) para no crear dispersión.
Que el guía no sea lector en la misma celebración.
No decirlas desde el ambón.
Es mejor decirlas que leerlas directamente (aunque se debe seguir una guía escrita).
Si el guía no anima sino que aburre, es preferible prescindir de su servicio.
El guía debe conocer bien el desarrollo de la celebración que anima.
 

Algunas sugerencias:

Al escribir el guión, tener en cuenta que va a ser "dicho" en voz alta y escuchado una sola vez. Por lo tanto, usar frases cortas y bien pensadas.

Conviene considerar primero el mensaje de la Palabra de Dios
   y armar los guiones de las Lecturas.
   Luego preparar el guión inicial y el de despedida.
   Y luego los restantes, en el orden de la celebración.

No hay inconveniente en que alguna idea se repita alguna vez, pues las intervenciones del guía quedan distribuidas en el transcurso de la celebración.
 

Moniciones que suele hacer el guía:

  • introducción a la celebración
    Es una ambientación breve, que explica el sentido de la reunión que se inicia. Dispone a la atención y participación activa. Indica normalmente el tiempo litúrgico y la fiesta o el domingo que se celebra. Puede incluir las intenciones de la Misa.
  • antes de las lecturas en general o de cada lectura
    Exhortan a escuchar la Palabra de Dios que se va a proclamar. Despiertan el interés. No anticipan el texto que se va a leer ni hacen interpretaciones u homilías preliminares. Si es oportuno hacen referencia a la época o circunstancias de lo que se va a escuchar y su relación con las otras lecturas.
  • intenciones de la Oración de los fieles
    Corresponden al diácono, aunque suele hacerlas el guía, y en algunos lugares directamente las dicen los fieles que participan en la celebración.
  • a la presentación de los dones
    Debe conjugar dos aspectos: la presentación de la vida concreta y de todo lo propiamente humano (sacramentalizado en el pan y el vino) y el tema central del día (visto a través de las lecturas y de la homilía).
  • antes de la despedida (avisos...)
    Busca resumir lo vivido por la asamblea y fomentar una actitud misionera. Apunta a la vida diaria, en la que habrá que poner en práctica la Palabra escuchada y hacer efectiva la comunión con Jesús y con los hermanos. Debe ser un guión alegre y breve.

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FORMACION PARA LA PROXIMA CLASE

LOS SIGNOS EN LA LITURGIA
 

Signos, símbolos, ritos, gestos... son palabras que con frecuencia usamos y que tienen su importancia y sentido específico en la liturgia. Todos ellos están presentes en nuestras celebraciones. Se entremezclan y hacen posible la comunicación, la expresión. Veamos cada uno de estos elementos por separado, más allá de que en las celebraciones aparezcan muy unidos.

SIGNO

Decía S. Agustín: "El signo es una cosa que, además de la imagen que infunde en los sentidos, hace venir otra cosa diversa de sí al pensamiento."
El Signo implica un doble elemento: significante (lo que percibimos) y significado (lo que entendemos).
Ej.: vemos la luz roja del semáforo (significante) y entendemos ¡deténgase! (significado). Entonces, el signo es un medio de comunicación entre seres inteligentes, que a través de un código son capaces de recibir y transmitir mensajes.
En el caso de la liturgia el signo establece una comunicación entre Dios y el hombre. La relación entre el significado y significante establecida por la fe.

Condiciones del signo:
    Debe ser distinto de la cosa significada.
    Debe depender del significado (y ser más imperfecto que él).
    Debe ser semejante al significado.
    Debe ser más conocido que el significado.
Se debe pasar a través del signo para llegar a la cosa significada (la manifiesta y también la oculta, según se lo entienda o no).
Si la cosa significada es inmediatamente patente, el signo es innecesario.

Clasificación:
 + Signos reales (hay relación causa-efecto con la cosa significada)
    - naturales (no dependen del hombre) [ej.: humo]
    - libres (el hombre establece la relación) [ej.: bandera]
 + Signos de pura razón (objetos no inventados por el hombre,
      convencionalmente tomados como signos) [ej.: arco iris]

La Iglesia es la que determina cuándo algo es un signo y qué significa.
A veces es necesario estudiar el origen histórico de los signos para entenderlos hoy. No se puede estar sujeto a interpretaciones personales.
 

SÍMBOLO

Es una palabra griega que originariamente significaba la unión de dos mitades de un objeto fraccionado (anillo, tabla, etc.) que eran reunidos de manera que coincidieran y servían así para reconocer que el poseedor de una de las mitades era un verdadero huésped o mensajero o parte de un contrato.
Este sentido original de fragmento que remitido a un todo, permite la identificación de las personas, es el que dio origen al nombre de "símbolo" que dieron los cristianos a las fórmulas de profesión de fe.
En la antigüedad cada iglesia local elaboraba su fórmula de fe.  Cuando un cristiano iba de un lugar a otro, el símbolo permitía saber si pertenecía a la misma Iglesia única de Cristo. La expresión de fe de esa Iglesia local era confrontada con la de la otra; si las dos encajaban en la misma fe, era señal de su unidad, vehículo de reconocimiento de ambas con la Iglesia de Cristo.

El símbolo es ante todo un signo, porque me envía un mensaje, pero va más allá. Podríamos decir que todo símbolo es un signo, pero no todo signo es un símbolo.
El signo hemos visto que tiene dos partes: significado y significante. Siempre uno lleva a otro. Todo tiene un sentido concreto, unívoco.
En cambio el símbolo quiere ser expresión de una experiencia profunda. Es decir, que en el símbolo también entran dos elementos: por una parte, una experiencia que adentra sus raíces en el inconsciente de la persona; por otra la expresión externa de la experiencia. Se establece una relación de correspondencia que va más allá de la mera semejanza.
Ej.: de pan están llenas las panaderías; y hay rosas en muchos jardines de la ciudad. Pero sucede que un enamorado ofrece una rosa a la dama de su corazón, o que se deposita una corona de rosas ante un monumento: Entonces la rosa se convierte en símbolo de otra cosa. O resulta que unas personas se reúnen los domingos para ofrecer y comer un poco de pan; entonces el pan se convierte en símbolo, en sacramento de alguien.

El símbolo no busca capturar el significado, sino hacerlo presente, acercarlo.
No agota el significado; es susceptible de varias interpretaciones.
Muestra algo que nos rebasa (no busca aprehender el misterio).

Los símbolos no deben ser explicados durante la celebración.   Si bien es necesaria una formación sobre los símbolos, agotar la explicación del símbolo lo destruye: los símbolos deben significar lo inexplicable (el misterio).   La celebración, si bien es pedagógica, es una fiesta, no una catequesis.
 

DIFERENCIAS ENTRE SIGNO Y SÍMBOLO

Signo
Es utilitario

El sentido es limitado, bien
definido

Nos transmite información,
pertece al orden del cono-
cimiento y afecta a la facul-
tad del conocimiento

Todo está marcado, controlado


Dice

Nos habla-informa

Símbolo
Es gratuito, no tiene utilidad ni uso práctico

El sentido siempre es nuevo e ilimitado


Nos pone en relación, pertenece al orden del
re-conocimiento (yo,otros,cosas...) y afecta a
la totalidad del hombre: inteligencia, senti-
mientos, afectividad, a todo su cuerpo

Es una proposición, nunca es posible deter-
minar los efectos

Dice y hace presente la realidad

Habla por sí mismo, hay que dejarlo hablar,
se contempla. No se explica

¿Qué aporta todo esto a nuestra fe, a nuestras celebraciones?

Nuestra fe nos lleva a entrar en contacto con Dios, un Dios que es misterio, y en cuanto tal es inaccesible, trascendente, inefable.
Siguiendo las leyes de la historia de la salvación y de la liturgia, es precisamente el símbolo el que nos facilita este acceso y este encuentro con el misterio de Dios.
A través de una serie de símbolos cósmicos (agua, luz, pan, vino, aceite, fuego...) Dios se expresa y nosotros nos expresamos, y se produce el encuentro.

El símbolo nos ayuda a acortar las distancias. Lo visible ayuda a captar y experimentar lo invisible, abriéndonos a la presencia misteriosa de Dios. O sea, que el símbolo es mediador del misterio, vínculo de unidad entre lo cósmico-humano-corpóreo y lo trascendente-invisible-mistérico.

No apunta primariamente a la comunicación de un concepto, sino a la comunicación de un sentimiento, de una experiencia, y a la dinámica del encuentro.
No afecta sólo a la mente, sino a la totalidad de la persona humana: nos introduce y nos pone en relación con un orden de cosas que ya el mismo símbolo contiene de alguna manera.

El símbolo, como su misma etimología nos indica, tiene una característica muy importante: crea unidad.
Unidad del hombre con el cosmos, con otros hombres, con su historia...
En el símbolo quedan reunificados y reconocidos lo consciente y lo subconsciente, lo visible y lo invisible, lo presente y lo ausente. Une también la liturgia y la vida.

Lo contrario de este símbolo es el "diábolo", el diablo, la separación, la privación del sentido pleno.

Pero no todo lo que reluce es oro. El símbolo tiene sus peligros, o por lo menos los podemos tener nosotros en el uso del lenguaje simbólico.
El símbolo no es infalible. No garantiza sin más la presencia del misterio ni nuestro encuentro con él.
Aunque lo facilita. Se requiere un esfuerzo para no quedarse sólo en lo humano y llegar a lo trascendente.
Por eso la dinámica del símbolo litúrgico requiere una iniciación para que produzca todo su efecto. Los símbolos litúrgicos tienen toda una serie de resonancias y connotaciones bíblicas, históricas, eclesiales, que de alguna manera hay que aproximar con una catequesis de iniciación.
Si a una acción simbólica le falta la fe interior puede quedar vacía. Sólo nos comunicamos con el misterio en un contexto de fe.

Otro peligro es que nos quedemos en su materialidad externa, sin llegar a la realidad profunda que comporta.
El símbolo siempre es relativo. No debe absolutizarse (Ej.: el pueblo de Israel se quedó con el becerro de oro, y a él le dedicaron sus cantos y sus fiestas: el símbolo no los llevó al Dios que los había salvado).

También se corre el peligro de la rutina. Porque un símbolo no se improvisa, requiere repetición y unión.
De la repetición se pasa a la familiaridad y con un poco más se puede llegar a la muerte del símbolo.

Los extremos son peligrosos, y en referencia al símbolo tenemos que huir de dos extremos: potenciar demasiado los ritos externos (crítica de los profetas y de Cristo) y, potenciar en exceso lo íntimo, interior donde toda la fuerza está en las palabras y las ideas.

Otra exageración extremada se nos presenta en relación a lo objetivo y subjetivo. En el primero todo dependerá de Dios y se sacrificará al hombre, y en el segundo se verá a la liturgia como celebración de nuestra fe, de nuestra historia sacrificando la iniciativa de Dios.
La solución a ambos extremos está en el símbolo bien entendido: ni super-realismo automático, ni mero sentimiento subjetivista.

El símbolo es expresión nuestra, lenguaje humano. Pero a la vez es acción de Cristo y participación en su misterio.
 

RITO

¿Puedo yo tener mis propios símbolos? ¿Me los tienen que dar? ¿surgen de un acuerdo? ¿sirven para todos?
Cada uno a nivel personal puede tener sus símbolos que lo transportan a experiencias profundas, vividas en el pasado, que se hacen presentes a través de símbolos y que lo lanzan para el futuro. También desde lo individual tenemos una serie de comportamientos que repetimos como si hubiera unas normas que así lo marcan.
Sin embargo, a pesar de tener nuestra privacidad, no somos seres aislados. Vivimos en sociedad/comunidad y tenemos ciertas normas, tanto en lo social como en lo religioso.

En el contexto en el que estamos, podemos definir el rito como una acción simbólica (o conjunto de acciones) que se repite regularmente según unas formas prescritas (implícita o explícitamente).

Con el rito se evita la improvisación, que mataría la celebración y une a los participantes sabiendo cómo actuar.
La repetición del gesto nos va permitiendo entrar cada vez un poco más en él, hasta hacerlo totalmente nuestro. Y como la riqueza del símbolo es inagotable, siempre se encuentran en él sentidos nuevos.

Dentro del rito tenemos dos peligros a evitar:
El ritualismo, es decir, cumplir el rito por el rito, olvidándose de aquello para lo que está hecho y sobre todo de aquellos para los que está hecho (Jesús y el sábado). El rito puede achatarse con el legalismo y con el fariseísmo (cumplir todo externamente ¿y lo interno?).
Y el rubricismo. Las rúbricas son las letras pequeñas y rojas que indican en los libros litúrgicos lo que hay que hacer y cómo hacerlo. Llamamos rubricismo a la observancia escrupulosa, pero superficial, de las rúbricas.
 

LA PALABRA Y EL GESTO

Normalmente gesto y palabra se dan la mano en las celebraciones litúrgicas.
Ambas realidades se apoyan mutuamente. Liturgia meramente verbal termina en verborrea insoportable. Si los gestos no fueran ayudados por la palabra, podrían ser signos equívocos.
Pero si el desequilibrio se da de modo fuerte en favor de la palabra y el cuerpo no celebra, la liturgia no conforma ni sacia, ni significa, lo que sería grave.

El hombre necesita tocar, oler, ver, gustar, oír... no conoce ni se expresa sino por sus sentidos.
Necesitamos que la sensibilidad sea "el lugar" en que la palabra engarce y también se convierta en lenguaje, pues no sólo las palabras son lenguaje, sino también los gestos...
¡y también el silencio!

El conocimiento del significado concreto de los diferentes gestos, ritos y símbolos litúrgicos es fundamental para que los misterios que la Iglesia celebra puedan ser plenamente comprendidos y vividos por cuantos participan en ellos.
 

Dimensiones del signo sacramental:

+ es demostrativo de las realidades invisibles presentes
+ es empeñativo de acciones morales futuras (compromiso)
+ es conmemorativo de la historia de salvación,
especialmente del misterio pascual
+ es prefigurativo (profético) del culto en la Jerusalén celeste

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