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PARABOLAS DE LA VIDA

 

Una fogata bajo la lluvia
El inculcar normas cristianas (en los hijos) es como mantener viva una fogata bajo la lluvia. Requiere una fuerte voluntad contra viento y marea para hacer lo que parece imposible. Requiere conocimiento, destreza, para entender la naturaleza del niño y la de un mundo hostil. Requiere gran perseverancia para abanicar la débil llama y proteger los tizones calientes. Una vida joven encendida para Cristo es lo que más se necesita en medio del frío glacial del mundo de hoy.

 

Un automóvil sin combustible
La voluntad propia se asemeja a un automóvil sin combustible. Debe ser empujado o remolcado. Solo, se detiene. Por ende, confiar en la voluntad humana para lograr propósitos espirituales nos lleva a una derrota segura. El poder espiritual no proviene de la voluntad humana sino de la nueva vida en Cristo. Esta vida contiene otro poder más profundo que va mucho más allá de nuestra volición, y por ese poder nos encontramos gloriosamente conducidos en la victoria de nuestro Señor.

 

La lámpara y el aceite
Dios hizo al hombre de tal manera que su presencia en el hombre es un imperativo para su humanidad. Una lámpara de aceite fue concebida de tal suerte que sólo produce luz en virtud del hecho de que haya aceite en su interior para sustentar la luz. Supongamos que pregunto: “¿Por qué necesita un candil aceite para dar luz?”. Sin buscar complicaciones, la respuesta sería simplemente: “Porque lo hicieron así.” Puede separar la lámpara del aceite, y sigue teniendo una lámpara, pero no sirve como tal. No hay vida en la lámpara. ¿Cuál sería el remedio? Volver a ponerle aceite a la lámpara.
Ahora bien, si puede imaginar una lámpara capaz de pensar, diciendo: “sin aceite no puedo hacer nada, no soy nada.” Esto no sería intraversión malsana; sería simplemente una lámpara enfrentándose con los hechos básicos de su misma existencia. “Me hicieron así. Fui concebida para contener aceite, que es lo único que puede mantener la luz encendida. De modo que fui creada para adoptar una actitud de dependencia, de forma que tenga que recibir para poder cumplir la función para la que fui creada.

 

El Aguila y la tormenta
¿Sabías que un águila sabe cuando una tormenta se acerca mucho antes de que empiece? El águila volará a un sitio alto para esperar los vientos que vendrán. Cuando azota la tormenta, coloca sus alas para que el viento las agarre y la lleve por sobre la tormenta. Mientras que la tormenta está destrozando abajo, el águila vuela por encima de ella.
El águila no se escapa de la tormenta. Simplemente la usa para levantarse más alto. Se levanta por los vientos que trae la tormenta. Cuando las tormentas de vida nos vienen –todos nosotros vamos a pasar por ello– podemos levantarnos por encima, poniendo nuestras mentes y nuestra fe hacia Dios.


 

El canto perdido
Un señor que tenía un canario que cantaba muy bien, cuando llegó la primavera pensó que el pobre pajarito necesitaba más aire y sol, así que lo sacó al jardín, colgando la jaula en un árbol. Pronto rodearon la jaula bandadas de gorriones, y el canario comenzó a imitar el poco musical chirrido de sus nuevas amistades. El dueño del pájaro se dio cuenta y llevó de nuevo a la casa al canario. Pero era demasiado tarde. El pajarito había perdido su canto para siempre.
Todos conocemos a cristianos que, hace años, tenían un hermoso testimonio, pero que lo han perdido, y ahora todo lo que hacen es hablar, hablar y hablar. ¿Por qué? porque han perdido la comunión con Dios y ha perdido su testimonio.


 

La belleza de una joya
Las joyas, en sí mismas, no tienen valor a menos que sean traídas a la luz. Colocadas en ciertas posiciones, reflejarán la belleza del sol. De otra forma, en ellas no hay belleza alguna. El diamante que es llevado a la oscura galería o a la profunda mina subterránea no muestra ninguna belleza. ¿Qué es ella sino un pedazo de carbón, un poco de carbono común, a menos que ella se convierta en un medio para reflejar la luz? Así sucede también con las otras piedras preciosas. Sus variados tonos no son nada sin la luz. Cuantos más lados tengan, reflejan más luz y exhiben más belleza. Si cogemos un diamante en bruto, veremos que no hay brillo en él. En su estado natural él no refleja luz alguna.
Así somos nosotros en un estado natural, de ninguna utilidad, hasta que Dios comienza a brillar sobre nosotros. La luz que existe en un diamante no es su propia posesión: es la belleza del sol. ¿Qué belleza existe en un hijo de Dios? Solamente la belleza de Jesús. Nosotros somos su pueblo especial, escogido para manifestar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Que podamos reflejar, hoy, Su luz y Su amor.

IGLESIA SAN JUAN BOSCO CHICAGO
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